Doce de las 24 provincias del país están bajo el agua o sufren los efectos de la temporada invernal que se prolongará hasta abril. Hasta el momento se han registrado 18 muertes, la destrucción de 139 casas, deterioro de otras tantas, pérdida de sembríos, ganado y los escasos medios de subsistencia que tiene la población rural del país.
Basta ver las imágenes de poblaciones afectadas por las inundaciones para imaginar el drama que viven las personas que enfrentan este fenómeno, más aún los enfermos, mujeres embarazadas, en trance de tener un bebe o con niños de pecho, ancianos, minusválidos y más sectores vulnerables. Sin alimentos básicos, sin un lugar en donde dormir, con sus ropas empapadas o saturadas de lodo, caminando entre malezas y escombros, luchan por sobrevivir.
Los deslaves en las principales carreteras del país como la Aloag Santo Domingo, así como puentes y otras vías de acceso a las poblaciones afectadas, empeoran la situación e impiden el abastecimiento oportuno y el transporte de alimentos, cuyo encarecimiento ya se siente también en las áreas urbanas.
La situación amerita realmente una movilización nacional como la que ha estado acompañada siempre por la prensa y la presencia de las máximas autoridades en esos lugares de desastre. Hace falta la orientación de recursos suficientes para atender la emergencia, así como para la construcción de obras de infraestructura que eviten, a futuro, inundaciones y el desmantelamiento de bienes y servicios ocasionados por estos fenómenos que ya son recurrentes en el país.
A veces a los ecuatorianos nos tienen entretenidos en el circo informativo para desviar la atención de graves irregularidades, contrataciones millonarias o problemas de los gobiernos, mientras desastres como estos o el dolor de los pobres del país pasan inadvertidos o se satisfacen con migajas.
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