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Domingo, 26 Noviembre 2017 20:32

GUANTÁNAMOS FLOTANTES, PRISIONES DE ALTAMAR DE EE.UU: ECUATORIANO JHONNY ARCENTALES CUENTA SU HISTORIA Destacado

Escrito por  ANE Agencia de Noticias de Ecuador

ESMERALDAS, NOV. 26 ( AgenciAne/ Seth Freed Wessler, periodista de investigación en el Investigative Fund del Nation Institute estadounidense/ The New York Time) ._ Jhonny Arcentales es un esmeraldeño que estuvo preso en un barco norteamericano,junto a otros hispanos, que fueron capturados en alta mar cuando transportaban droga.

No se conoce si este ciudadano fue uno de los 34 ecuatorianos sentenciados por la justicia norteamericana que fueron devueltos a Ecuador para que cumplan sus condenas en cárceles

Publicamos un extracto de lo contado por Arcentales y que publica The New York Time en español.

Todo comenzó el 21 de noviembre de 2014: Habían pasado más de dos meses desde que Jhonny Arcentales, un pescador de 40 años de la costa central de Ecuador, había salido de su casa y le había dicho a su esposa que regresaría en cinco días.

El grillete que lo sujetaba por el tobillo lo mantenía encadenado a un cable a lo largo de la cubierta del barco en todo momento, excepto cuando hacía la travesía ocasional, vigilado por un marino, para defecar en una cubeta. La mayor parte del tiempo, no podía moverse más allá de un brazo de distancia sin chocar con el siguiente hombre encadenado.

A bordo del barco podía sentir cómo su cuerpo se encogía por una nutrición deficiente —apenas un puñado de arroz y frijoles— y por la inmovilidad. “En cuantos nos parábamos nos daban náuseas; la cabeza nos daba vueltas”, recuerda. Los veintitantos prisioneros a bordo del navío —ecuatorianos, guatemaltecos y colombianos— a menudo pasaban la noche de pie, con dolor de espalda, su cuerpo helado por el viento y la lluvia, esperando que saliera el sol y los secara.

Durante las primeras semanas, Arcentales había recurrido a su amigo Carlos Quijije, otro pescador del pequeño pueblo de Jaramijó, para que lo calmara. Estaban encadenados uno al lado del otro y el joven de 26 años tenía otro enfoque. “Tranquilo, hermano, todo va a salir bien”, recuerda Arcentales que le decía Quijije. “Nos llevarán a Ecuador y podremos ver a nuestra familia”. Pero después de dos meses de estar prisioneros a bordo del barco, Quijije parecía igual de abatido. Con frecuencia pensaban que simplemente desaparecerían.

Arcentales, como la mayoría de los hombres con los que creció en Jaramijó, comenzó a pescar desde que era adolescente y nunca paró. A menudo trabajaba con Quijije, quien vivía con su esposa, su hija y la familia de su esposa en una casa de dos cuartos cercana a la de Arcentales. Este y Quijije, después de sus jornadas en el esquife de su jefe, se encontraban y hablaban durante horas sobre sus hijos y sus planes de algún día comprar un bote propio.

Arcentales nunca tuvo mucho dinero. Los 6000 dólares que llegaba a ganar al año, a bordo del esquife y en trabajos de uno o dos meses en barcos atuneros, no alcanzan para mucho en la economía ecuatoriana. La casa donde vivían él y su esposa Lorena Mendoza constaba de una habitación compartida por nueve personas: su hijo adolescente, Enrique; las dos hijas más grandes de Lorena Mendoza de un matrimonio anterior, Nelly y Juliana, que entre las dos tienen tres hijos; y el esposo de Nelly, Wladimir Jaramillo. Todos dormían en colchones raídos y compartían un solo baño. Cuando llovía, el techo goteaba y el agua lodosa se escurría por la puerta.

La mañana del 5 de septiembre, después de pasar una muy mala noche, Arcentales se despidió de su mujer y de sus hijos. “Viejita”, le dijo: “no te preocupes, todo va a estar bien”. Un pescador que Arcentales conocía desde hacía años le había estado pidiendo, durante dos años, que aceptara un trabajo para traficar cocaína. Arcentales siempre se había negado. Pero cuando salió de casa esa mañana de septiembre, fue a buscar a ese hombre.

Ecuador es un punto secundario de envío para los grupos de narcotraficantes colombianos que trabajan cada vez más para los carteles mexicanos y en Jaramijó cada vez se ven más reclutadores, a quienes llaman enganchadores. Los residentes del pueblo han visto cómo sus vecinos regresan de lo que dicen fueron viajes pesqueros con la posibilidad de comprar autos o arreglar sus casas. Los habitantes le llaman a ese viaje “la vuelta”.

Los pescadores le dijeron a Arcentales que ganaría 2000 dólares de entrada y 20.000 a su regreso, al igual que su acompañante. Arcentales apenas y llegaría a ganar eso en tres o cuatro años. Si Quijije se le unía, por fin podrían comprar su propio bote. La noche siguiente, él y Quijije se encontraron con otro hombre en San Lorenzo, cerca de la frontera con Colombia. El hombre los condujo a un esquife, le dio a Arcentales un rastreador GPS e instruyó al par que se encontraran con otro bote a 50 millas náuticas. Les dijo que ahí recogerían 100 kilos de cocaína, dividida en cuatro paquetes, y les dio las coordenadas de otra embarcación a menos de un día de viaje en la que dejarían las drogas y así terminaría su tarea. Sin embargo, cuando llegaron al lugar para recoger la droga, les dieron 440 kilos de cocaína y se les unió un colombiano con cara de niño que hacía poco había cumplido 20 años, llamado Jair Guevara Payán y a quien le habían pagado para vigilar la droga.

Payan llevó a Arcentales y Quijije en una travesía de cinco días, casi 2000 kilómetros al norte, mucho más lejos de lo que cualquiera de los dos jamás se hubiera aventurado a ir. Arcentales consideró negarse, pero sabía que no tenía una oportunidad real ahora que estaban en medio del mar. jodido”.

Cuando Arcentales, Quijije y Payán finalmente llegaron a sus coordinadas de destino, a 230 kilómetros de la costa de Guatemala, una pequeña lancha de motor se dirigió a ellos, seguida de otra. Juntos, los hombres descargaron la droga en una de sus lanchas y Payán se alejó en ella junto con un par de hermanos guatemaltecos que tripulaban la primera lancha. Les dijeron a Arcentales y Quijije que se subieran a la segunda lancha, un esquife llamado Yeny Arg, y que dirigían los otros dos guatemaltecos, Giezi Zamora, un mecánico, y Héctor Castillo, un pescador. Los cuatro se dirigieron a la costa y Arcentales bajó la guardia por primera vez desde que habían partido.

Un avión de patrullaje de la Armada de Estados Unidos había estado siguiendo al bote guatemalteco desde la mañana. La tripulación del avión había visto a los hombres subirse a las lanchas que habían llegado y el Comando del Sur había contactado a la Guardia Costera. Pronto, Arcentales avistó el blanco barco militar, luego una lancha de motor con cinco oficiales que se dirigía a ellos rápidamente. Les ordenaron a Arcentales y a los demás no moverse, y los hombres alzaron las manos.

Los guardas costeros buscaron durante varias horas el Yeny Arg. A la media tarde, pasaron a Arcentales, Quijije y los dos guatemaltecos a la lancha de motor de la Guardia Costera y los entregaron.Una vez a bordo de un barco de la Guardia Costera, les tomaron fotos. Menos de doce horas después, llevaron a los hombres a un barco de la Guardia Costera llamado Boutwell, un patrullero de 46 años de antigüedad que mide 115 metros y cuenta con una tripulación de 160 personas. Payán y los hermanos guatemaltecos de la otra lancha ya estaban a bordo.

No se les dijo a dónde los llevarían ni se les permitió llamar a sus familias. Los oficiales les ordenaron desvestirse y ponerse un overol blanco ligero, y luego los guardias los condujeron por unas escaleras hacia la cubierta y a un hangar. Arcentales sintió cómo se cerraba un grillete alrededor de su tobillo. Él y Quijije se vieron entre sí, y luego voltearon a ver sus tobillos, que ahora estaban sujetos al piso con cadenas cortas. Sus camas serían unos delgados tapetes de hule. “Me agarró una profunda tristeza”, dijo Arcentales. “Justo en ese momento cambió mi vida”.

Ya a bordo del Boutwell, Arcentales y los demás hombres comenzaron a preguntarle a los guardias a dónde los llevaban. Uno que hablaba español les explicó que los oficiales estadounidenses estaban coordinando con los de su país para arreglar el traslado. Según Arcentales, este guardia le dijo que en cinco días estaría en tierra. Pasaron varias noches en el Boutwell. Luego, cuando salió el sol al quinto día, los hombres divisaron tierra. Pudieron ver un volcán, luego un puerto; la topología parecía indicar que estaban en Centroamérica. “Pensamos que estábamos regresando a nuestro país”, dijo Arcentales. “Creímos que nos entregarían a migración. A migración o al consulado ecuatoriano”.

El 6 de octubre, 25 días después de que los capturaron, el Boutwell regresó a su puerto base, en San Diego. La tripulación del barco se formó para que les sacaran fotos sobre la cubierta detrás de las pacas de cocaína envueltas en lona negra, obtenidas de catorce embarcaciones contrabandistas, incluyendo presuntamente la de Payán, y con un valor de más de 400 millones de dólares, de acuerdo con la Guardia Costera.

La cocaína llegó a tierra mucho antes que los detenidos. Durante 44 días más, Arcentales, Quijije, Payán y los guatemaltecos fueron transferidos de un barco a otro; pasaban una semana o diez días en uno, algunos días más en otro, pero siempre encadenados. “Recuerdo que una vez le pregunté al oficial enfermero si podía hacerme un favor”, escribió más tarde Payán en una carta: “Darme un tiro y matarme, lo cual le agradecería, porque ya no podía soportar más aquello”.

Los registros de comida de los barcos de la Guardia Costera y los testimonios de sus oficiales muestran que, en algunas embarcaciones, la comida de los detenidos consistía solo de pequeñas porciones de frijoles negros y arroz, de vez en cuando con un poco de espinacas o pollo. Arcentales dice que aprendió a comer despacio, para hacer que su mente creyera que el plato tenía más comida de la real. Los hombres alcanzaron a ver que los guardias tiraban lo que ellos no se habían terminado en bolsas de basura que colgaban cerca e idearon un plan. “Alguien pedía que lo llevaran al baño para tratar de alcanzar la basura y tomar la comida tirada”, declaró en su testimonio Quijije. Se pasaban un pedazo de sobras de pollo uno al otro, cada uno dando una mordida y pasándolo al siguiente, hasta que ya solo quedaba el puro hueso. Después de dos meses de detención, según lo que dice Arcentales, había perdido 9 kilos; Payan dice que él bajó 23.

Setenta y siete días después de que su esposo se fue a “la vuelta”, el 21 de noviembre de 2014, Lorena Mendoza se dirigió, con su recién nacido en una carriola desde Jaramijó hasta la cercana ciudad portuaria de Manta, como parte de una procesión por la Virgen de Montserrat. Entre una multitud de miles de personas que se amontonaban en las calles junto con bandas de metales, rezó por su esposo, mientras se imaginaba cómo sería la vida de ella si él estuviera de verdad muerto.

Cuando regresó a casa, descubrió que tenía varias llamadas telefónicas perdidas, hechas desde Estados Unidos. A las 11:00 de la mañana del día siguiente el teléfono sonó de nuevo. “Aquí estoy”, dijo Arcentales. “Estoy vivo”. Mendoza lloró, inundada por un sentimiento de gran alivio. “Gracias a Dios que puedo escuchar de nuevo a mi familia, gracias a Dios que están bien”, dijo Arcentales.

Varios días antes, el barco estadounidense había hecho una travesía más a un puerto, esta vez a la costa de Panamá. En esta ocasión les dijeron a los detenidos que se pusieran de pie. Los guardias soltaron sus grilletes y los sacaron del barco. Arcentales pensó que pronto vería a su familia. Entonces escuchó a un guardia anunciar: “Caballeros, afuera los esperan agentes de la DEA. Irán a Estados Unidos”.

Pusieron a Arcentales, Quijije, Payán y los cuatro guatemaltecos en un vuelo a Florida. El 19 de noviembre fueron formalmente arrestados. Arcentales menciona que le dijo a un agente federal todo lo que sabía sobre la operación. “Pero la verdad”, me dijo Arcentales, “es que no sé nada de todo eso”. Por lo menos otro hombre del grupo de siete habló también con los investigadores y les dio toda la información que tenía: la ruta que había tomado y el apellido del enganchador que lo había contratado. Los siete aceptaron un acuerdo de culpabilidad. No se presentaron mociones legales que pusieran en tela de juicio las condiciones de su prolongada detención.

El 2 de julio de 2015, Arcentales y Castillo fueron llevados a la corte para una audiencia sobre su sentencia. La jueza que presidió en el caso de Arcentales, Virginia Hernández Covington, dejó en claro que lo divulgado por el ecuatoriano y el guatemalteco no servía de mucho. “Solo tratan de hacerlo para ganar algo de dinero para su familia”, dijo Covington en la corte. “Cuanto más alto estés, más información tienes”. Continuó: “Los de niveles bajos del escalafón tienen menos información con la cual negociar”.

Los acusados según la ley de control marítimo, incluso las mulas como Arcentales, raramente obtienen sentencias reducidas que correspondan a las condenas mínimas, algo a lo que sí acceden sospechosos capturados en costas estadounidenses cuando portan la misma cantidad de drogas. Convington sentenció a Arcentales a diez años en una prisión federal y a Castillo a un poco más de once.

Cuando conocí a Arcentales por primera vez en la prisión federal Fort Dix de Nueva Jersey, a finales de 2016, me dijo que nunca antes había considerado que al traficar drogas estuviera cometiendo un crimen específicamente en contra de Estados Unidos. Se preguntó repetidamente por qué Estados Unidos no permite que cumpla su sentencia en Ecuador. Por lo menos, dijo, así estaría en contacto con su familia más allá de las llamadas de duración limitada cada tantas semanas. Piensa en ellos constantemente. Y también en los barcos patrulleros de la Guardia Costera en los que estuvo detenido.

En abril de 2016, un catastrófico terremoto golpeó la costa ecuatoriana. Calles enteras de Jaramijó se derrumbaron y dejaron a miles sin hogar. Los botes pesqueros, así como los trabajos de almacenamiento y enlatado, quedaron destruidos. A más de un año todavía había tiendas de campaña azules, proporcionadas por el gobierno chino como refugios de emergencia, al borde de un peñasco que se alza por encima de los muelles ahora tranquilos del pueblo.

El terremoto llevó a varios desempleados, incluidos los empobrecidos pescadores, en busca de trabajos de contrabando. A finales de 2016, el yerno de Lorena Mendoza, Wladimir, quien había estado viviendo en su casa, desapareció. Wladimir nunca había pescado en toda su vida pero en diciembre de 2016, dijo que iba a la tienda y ya nunca regresó.. A principios de febrero de 2017, Wladimir llamó a Nelly ( su esposa) desde una cárcel de Florida. Un barco de la Guardia Costera lo había detenido en el océano Pacífico.

El abogado que la corte le asignó a Wladimir, Joaquín Méndez, argumentó en una corte federal de Florida que el retraso de 31 días entre que fue interceptado y fue presentado en una corte de Estados Unidos violaba los estatutos federales que requieren que los acusados sean procesados en un lapso de treinta días. “La Guardia Costera tomó la determinación calculada de continuar con su interceptación y de mantener a estas personas en las condiciones en las que estaban, mientras la tripulación prosiguió con sus tareas”, le dijo Méndez al juez James I. Cohn.

En lo que quizá fue la primera vez en una corte federal, Cohn desestimó la acusación en contra de Wladimir debido al retraso.

“Si el argumento del gobierno se lleva a su extremo lógico, una persona podría estar detenida indefinidamente por un delito federal mientras el gobierno no presente una demanda formal”, dijo Cohn en la corte. El caso fue desestimado “por sobreseimiento con reservas”, algo que fue un tanto vergonzoso para los fiscales federales pero que les permitió presentar una nueva demanda. A finales de agosto, Wladimir fue sentenciado a diez años de prisión.

En Ecuador, los funcionarios gubernamentales han aconsejado públicamente a los pescadores que rechacen las ofertas de los enganchadores. Sin embargo, todavía hay hombres que hacen el viaje, muchos directamente hacia las redes de la Guardia Costera.

En los últimos seis años, más de 2700 hombres como Arcentales han sido capturados cuando iban a bordo de botes bajo sospecha de contrabandear cocaína colombiana a Centroamérica, para después ser trasladados por el océano durante semanas o meses mientras los barcos estadounidenses continúan su patrullaje. Estos pescadores convertidos en narcomenudistas son atrapados en aguas internacionales o en mares fuera de aguas estadounidenses; a menudo tienen un escaso o nulo conocimiento de adónde debían llegar las drogas que llevaban en su bote. Aun así, casi todos estos lancheros son arrastrados por el Pacífico y entregados en Estados Unidos para enfrentar cargos criminales ahí, en lo que

Para 2016, con la estrategia del Comando Sur y la ayuda intermitente de la Armada de Estados Unidos y algunos socios internacionales, la Guardia Costera detuvo a 585 presuntos narcotraficantes, la mayoría en aguas internacionales. Ese año, 80 por ciento de esos hombres fueron llevados a Estados Unidos para enfrentar cargos criminales, mucho más que el tercio de los detenidos que fueron trasladados allá en 2012.

Durante el año fiscal que terminó en septiembre de 2017, la Guardia Costera capturó a más de 700 sospechosos y los encadenó a bordo de barcos estadounidenses.

 

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