Alisson recuerda con horror el momento en que un niño haitiano, que viajaba sobre la espalda de su padre, cayó al vacío de un acantilado del Tapón del Darién. Un paso en falso bastó para arrebatarle la vida al crío. Esta es la historia de una mamá ecuatoriana, un papá venezolano y un bebé chileno que han caminado muchas veredas, desde el sur del continente hasta la antesala del sueño americano.
La historia de Alisson y Franklin comenzó en Quito, Ecuador, en el año 2021. Pero cuatro años antes Franklin había llegado desde San Cristóbal, Venezuela, a los 14 años, a Colombia. Su destino final era Ecuador para reunirse con su madre y sus hermanas. En 2017 las manifestaciones contra el régimen de Nicolas Maduro convulsionaron Venezuela, en aquel entonces Franklin era un niño que ayudaba a su abuela en un pequeño negocio, pero la venta de insumos alimenticios cayó debido a la crisis económica del país.
Alisson, en ese mismo año, se dedicaba a estudiar y ayudar a su madre en un negocio de comida, el destino los cruzó en las calles de la ciudad, donde los paseos y conversaciones se convirtieron encomplicidad. Ambos deseaban comerse el mundo y se rebelaron contra la autoridad de sus padres. Él la esperaba en una plaza, compartían largas caminatas. El joven venezolano quedó cautivado por la pícara sonrisa, los ojos café claro y la cálida personalidad de la ecuatoriana.
En su estancia en Chile, mientras Franklin era vendedor de cilindros de gas, Alisson trabajaba en un local de comida. Fueron tres años de esfuerzo, tiempo en el que nació Izael, en San Ramón. A los 21 años, ya convertidos en padres, una mala racha de desempleo los obligó a replantearse el futuro. Los ingresos mermaron drásticamente y los gastos aumentaron. Con el sueño de una vida mejor, emprendieron el camino migrante hacia el norte.
EL CAMINO POR LOS PELIGROS DEL DARIEN
Izael tenía apenas cuatro meses cuando emprendió el viaje que marcaría su vida. En junio de 2024, la familia había llegado a Colombia y se preparaba para atravesar uno de los tramos más peligrosos de la ruta migrante: la selva del Tapón del Darién.
“Migrar con un bebé en brazos es duro”, advierte Alisson al recordar la travesía.
La madre de Izael recuerda el momento en que un niño haitiano, que viajaba sobre la espalda de su padre, cayó al vacío por un acantilado. Un paso en falso bastó para arrebatarle la vida. La familia siguió caminando, pero el miedo y la desesperación perturbaba a Alisson. “No quería soltar a mi hijo. Se la pasó durmiendo, comiendo de mi seno. Me arrepentía de haber cruzado la selva. Pero al fin llegamos a Bajo Chiquito”, un campamento de la ONU, establecido en un pueblo de la selva en el lado de Panamá. “Era justo el Día del Padre”.
Tras tres días de caminata, la familia logró salir de la selva y sobrevivir a uno de los pasos más letales para los migrantes.
Franklin describe a su hijo como el motor de su vida, el impulso que lo motiva a buscar mejores oportunidades laborales. Alisson, por su parte, afirma que el pequeño es un guerrero, que demostró su fortaleza desde el vientre. Su nacimiento estuvo marcado por una cesárea mal practicada que puso en peligro la vida de ambos. Izael pesó tres kilos con 800 gramos y midió 50 centímetros al nacer. Es un bebé enorme, a simple vista parece ocupar la cuarta parte del tamaño de Alisson.
El trayecto que siguió no estuvo exento de peligros. En Guatemala, la familia fue extorsionada por policías y, en la frontera sur de México, por hombres vestidos de civil que portaban armas. Cada cuota pagada les permitía seguir adelante: dejar atrás las fincas donde retenían a los migrantes para subirse en camionetas abarrotadas de viajeros en la misma situación. Ambos coinciden en que México es el país más complicado para los migrantes.
Bajo los rayos del sol la familia caminó 26 kilómetros en Chiapas, solos y en caravana. En julio de 2024, su destino era la Ciudad de México, donde esperaban reunirse con una tía de Franklin que había llegado seis meses atrás. Pero en los límites de Oaxaca con Puebla, personal del Instituto Nacional de Migración detuvo el autobús donde viajaban, el conductor los delató: acusó que venían tres sin papeles.
Al saber que habían sido detenidos por agentes de Migración, Alisson suplicó que no detuvieran su camino, explicó que necesitaban seguir viajando para llegar con un doctor a que atendiera a Izael, que en ese momento tenía fiebre alta. Las súplicas no tuvieron efecto, por el contrario, culparon a los padres de ser irresponsables. “Vergüenza debería de darles. Su hijo está así por ustedes, ¡eres una mala madre!”, sentenció un agente.
“No tuvieron compasión y nos regresaron a Villa Hermosa [Tabasco]”, recuerda Franklin.
“Nos deportaron pero te dejan a la mitad, con la esperanza de subir de nuevo, no te regresan a tu país y así nos convertimos –los migrantes– en negocio para las autoridades mexicanas y para el crimen”, explica Alisson. La expresión de la mamá migrante resume cualquier intento por explicar que el negocio de la migración beneficia a autoridades y malandros.
En ese punto del camino, la familia se había quedado sin dinero, sus últimas monedas las ocupó para tomar el autobús que de Oaxaca los llevaría a la Ciudad de México. Al salir de la estación migratoria donde fueron deportados, ya no contaban con el apoyo monetario que la familia de Franklin había enviado. Para subsistir la familia trinacional hizo de todo. Alisson vendía paletas en cruceros viales con su hijo en brazos, el joven venezolano limpiaba vidrios. Pedir una moneda fue inevitable en algunos momentos. Con sus ingresos apenas iban al día, situación que retrasó unos meses su llegada a la capital.
A la tía de Franklin le cambió la suerte, para ella y para sus hijas salió la cita positiva en la extinta CBP One en julio de 2024 , dejaron el campamento de migrantes en la Plaza de la Soledad y llegaron a Estados Unidos. Para Franklin ese movimiento cambió sus planes, dejándolos solos en una ciudad ajena. Al llegar a la ciudad en octubre, acudieron a unos departamentos que les habían dicho eran especiales para migrantes, en Iztapalapa, cerca del metro Escuadrón 201.
Pagando 4 mil 500 pesos al mes, les prometieron un cuarto amueblado, con cama matrimonial, estantes para guardar su ropa, estufa y gabinetes de cocina. Pero al llegar la cama era más pequeña que una individual, no había más que unos muebles viejos y llenos de chinches, el baño era compartido y no contaban con estufa. Los insectos devoraron la piel de Izael y Franklin. Reclamaron al casero que les regresara el dinero que habían pagado por adelantado, pero éste amenazó con denunciarlos ante Migración.
Estafados y nuevamente sin dinero, la familia llegó a la Plaza de la Soledad, en el barrio de La Merced.
Durante siete meses el barrio de La Merced fue su hogar. Alisson señala que aunque en los ranchos no se cobra un arriendo mensual, los gastos eran otros: 100 pesos semanales por el uso de la luz (instalación irregular), ducharse cuesta 20 pesos, el acceso al baño 6 pesos. Además, las condiciones de salubridad eran lamentables.
Alisson trabajó con su hijo en brazos vendiendo cucharas en un puesto ambulante, el sueldo prometido era de 200 pesos al día, luego bajó a 100 pesos y al final le dieron 50 pesos por jornadas de más de 10 horas. La misma persona que empleó a Alisson le dio trabajo a Franklin, la tarea era cocinar comida venezolana y venderla en zonas aledañas a La Merced y, aunque el sueldo no era tan malo, decidió dejar el trabajo debido a los malos tratos que recibió su pareja.
En almacenes de productos de origen chino tuvo su trabajo más estable, durante la temporada decembrina, luego vinieron trabajos apoyando en puestos ambulantes y al final se empleó de ayudante general en el acondicionamiento de un local que sería un restaurante de comida china, aquí la promesa del sueldo era de 300 pesos al día, pero nuevamente el abuso laboral jugó en contra y en su última semana de trabajo sólo le pagaron 200 pesos.
El 24 de abril la familia trinacional se separó, Alisson e Izael volaron a Quito gracias al programa Retorno Asistido Voluntario (RAV) de la ONU. Izael con pasaporte chileno por su nacimiento.
Franklin, al no contar con documentos de identidad, retornó a Ecuador por tierra, tardó cuatro semanas en encontrarse con su familia. De la Ciudad de México tomó un autobús a Tapachula, Chiapas. Su camino por Centroamérica fue a pie y en autobús, su familia que vive en Estados Unidos le envió dinero para llegar a su destino. En esta ocasión evitó el Tapón del Darién pero tuvo que pagar en Panamá un total de 180 dólares para cruzar en una lancha que salió de un puerto panameño con destino a La Miel, una localidad fronteriza con Colombia, cerca de Necoclí, el siguiente destino fue Ecuador para llegar con su familia y reconstruir su vida.
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