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Domingo, 17 Mayo 2026 00:51

HAY NORMALIZACION DEL MIEDO EN LA FRONTERA NORTE

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TULCAN (Agencia ANE).- En el Carchi la presencia humanitaria se ha reducido,mientras las comunidades optan por el silencio como forma de protección.Hay una normalización del miedo. La gente no denuncia, se autocensura.
 
 “Las familias viven en autoconfinamiento. El silencio se convierte en una estrategia de supervivencia”. Las consecuencias se manifiestan en la erosión de la confianza, el debilitamiento organizativo y un aumento de problemas psicosociales que afectan a comunidades enteras."  advierten los obispos católicos  de la frontera de Colombia y Ecuador.
Estos y otros   grupos sociales se reunieron  en esta capital y decidieron que era necesario   reactivar  la pastoral fronteriza para  definir una hoja de ruta para construir una agenda de paz binacional. Esta hoja de ruta  abordará  los problemas derivados de la minería ilegal, tráfico de drogas, subversión, violación de   los derechos humanos  que afectan a  las comunidades más afectadas de Tulcán,Ipiales,Pasto; Tumaco y Esmeraldas;Mocoa-Sibundoy, Sucumbíos y Puerto Leguízamo. 

Según los Obispos,el panorama actual de la frontera, en buena medida  se explica por los efectos prolongados del Plan Colombia y de la implementación del acuerdo de paz de 2016. Tras la desmovilización de las FARC y los vacíos en la implementación del acuerdo, aparecieron actores híbridos, disidencias, redes criminales y operadores locales, que empezaron a competir y cooperar en corredores estratéticos que conectan el Pacífico, los Andes y la Amazonía.

Si la cocaína es el producto más visible, el oro es una de las rentas más estable. Con unos precios históricos y circuitos de legalización relativamente fáciles, el oro está alimentando en el sur-occidente colombiano y en el norte el Ecuador un boom extractivo. Los socavones se están propagando tanto en la zona andina como en los valles de esta región y esto está provocando la llegada de trabajadores de otras regiones y nacionalidades. El mineral extraído en estos territorios se blanquea en otras regiones o mercados internacionales, integrándose así sin dificultad a la economía global, dicen los obispos.

 En zonas como El Carchi, en Ecuador, la presencia humanitaria se ha reducido, mientras las comunidades optan por el silencio como forma de protección. Hay una normalización del miedo. La gente no denuncia, se autocensura.  Las familias viven en autoconfinamiento. El silencio se convierte en una estrategia de supervivencia”. Las consecuencias se manifiestan en la erosión de la confianza, el debilitamiento organizativo y un aumento de problemas psicosociales que afectan a comunidades enteras,advierten.

A diferencia de lo que suele afirmarse, el Estado no ha desaparecido. Ha transformado su forma de presencia. “Hay una presencia ambigua del Estado: está, pero con limitaciones para garantizar derechos y, en algunos casos, con vínculos que complejizan la gobernanza y da prioridad al contrato comercial sobre la propia vida humana. Al mismo tiempo, nuevas dinámicas de seguridad y acuerdos internacionales están redefiniendo el control territorial. Algunos expertos advierten que el énfasis en la militarización, sin políticas sociales integrales, puede desplazar el problema sin resolverlo.

Entre las propuestas presentadas en este encuentro binacional se planteó la reactivación de la pastoral fronteriza, con una larga trayectoria en esta zona del hemisferio. El proceso será impulsado por una mesa técnica  que deberá definir en el transcurso de este mes una hoja de ruta. Asimismo, se estableció como prioridad la construcción de una agenda de paz binacional, el abordaje de la problemática minera en clave de cuidado de la casa común, la defensa de los derechos humanos y el acompañamiento a las comunidades más afectadas. También se acordó articular esfuerzos a través de nodos territoriales en Tulcán,Ipiales,Pasto; Tumaco y Esmeraldas y Mocoa-Sibundoy, Sucumbíos y Puerto Leguízamo. La mesa técnica continuará su trabajo y el próximo encuentro se realizará en la ciudad de Tumaco a inicios de octubre.

Según el diagnóstico  de los religiosos en estos  últimos meses, en el corredor  fronterizo se vive una nueva ola de violencia, una reconfiguración del orden en la que coerción, economías y gobernanza se amalgaman.
“El cambio más relevante no es que hayan más hechos y formas de violencia, sino que esta se ha convertido en un sistema que configura la vida cotidiana”, señaló Diego Meza, director de Pastoral Social de Ipiales. “Regula la movilidad, los precios, las celebraciones, incluso la moralidad de las comunidades. La violencia no es algo externo a las comunidades sino que las estructura”.
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