Por Javier Simancas C.*
Lo conocí cuando sus sueños como los míos comenzaron a ser inconclusos. El quería ser periodista y yo psicólogo.pero la cosa resultó al revés y yo terminé de periodista y él de psicólogo-mendigo.
Vivía en el mismo barrio, en donde la casualidad de provincianos, nos convirtió en residentes pasajeros: en la calle Venezuela, tras el colegio Nacional José Mejía Lequerica.
Desde ese enconteces,1968, Juan Andrango ya era diferente. Su falta de vista, pues usaba los mismos lentes gruesos que ahora lleva puestos recorriendo las calles cargando una gris funda de yute y un largo abrigo.
La ceguera lo hacía más meticuloso que cualquier otra persoana;tenía que hacer doble esfuerzo para leer, escribir y sobre todo estudiar. Incluso cuando reía tenía ese gesto de un hombre que no lo hacía con el gusto y despreocupación de nosotros.
El no podía salir a las calles a lanzar piedras contra la policía que defendía al gobierno de José María Velasco Ibarra, pero le encantaba que nosotros le narremos al final del día sobre nuestras “jornadas de lucha callejera” al grito de luchar y morir por la revolución.
Vida siempre había sido una tragedia. Víctima de un padre déspota, de sus hermanos que lo marginaron, encontró en nosotros algún alivio, pero no exento de bromas de mal gusto o de malos humores.
Su historia de un joven universitario brillante se convirtió en la historia de una tragedia viviente.
PROHIBIDO ESTUDIAR
En el seno de la familia Andrango Juan era la excepción.Quería ser periodista y para ello se había preparado y a hurtadillas obtuvo el título de bachiller, puesto que su padre le había prohibido estudiar.Sus hermanos siguieron el mismo camino de su padre, ser los sastres del barrio que confeccionaba pantalones, sacos y arreglaba lo viejo o cambiaba los cuellos de las camisas. Lo mismo hacia Juan con nuestras ropas.
¿ Sabes por qué no veo? me dijo. Desde niño mi padre me prohibió estudiar. Prender un foco en la noche era casi un delito. Decía mi padre que se gastaba por la plancha y que no tenía con qué pagar.
Entonces yo pensé que lo mejor que podía hacer era robarse la luz. Por las noches mientras todos dormían yo estudiaba y estudiaba debajo de las cobijas sin permitir que un solo rayo de luz se fugara hacia afuera. Por eso perdí la vista y fue otra guerra cuando tuvieron que gastar en mis primeros lentes.
Robar la luz y estudiar clandestinamente me costó no solo una sino múltiples golpizas, pero salí adelante y logré que, al fin, mi padre me inscriba en el colegio. Fue otra tragedia mi vida en el colegio. No podía ni querían integrarme a los juegos infantiles.Entonces mi refugio fueron lo libros. Siempre me dolía la cabeza y casi la mayoría de las veces anduve corriendo de puerta en puerta dejando trajes y ropa, porque mi padre quería para “ ayer” lo que tenía que hacer hoy.
Fue así que te encontré amigo.
.BRILLANTE ESTUDIANTE
Cuando conocí Juan Andrango tenía una obsesión: ser periodista a como dé lugar, pero terminó inscribiéndose en la Facultad de Filosofía, Letras y Ciencias de la Educación,especialización Psicología. Le gustaba más la literatura que la ciencia, por eso cuando me regaló “La Amada Inmovil” de Amado Nervo, le pregunté si no le daba pena hacerlo. El me respondió que quería que sea yo su compañero.
No ocurrió ni lo uno ni lo otro. Yo terminé de periodista y él tuvo seis años de estudios universitarios.Fue considerado por algunos profesores y por sus compañeros como uno de los estudiantes brillantesque.
Después de aquellos contactos iniciales en el barrio y la Universidad, nuestros encuentros fueron más esporádicos. Un día me contó que se había vuelto más meticuloso porque las fallas de su vista eran más acentuadas y porque no podía realizarse una nueva medición. Sus compañeros habían emprendido en una colecta para enviarlo a la famosa clínica de especialización de vista colombiana Barraquer. Aquella colecta se hizo mas, como no podía faltar la perversidad humana, el que hizo de tesorero se quedó con parte del dinero. Sin embargo Juan viajó a Bogotá y en algo recuperó la vista.
Se había enamorado y así le expresó a su compañera en un baile, aunque sin resultados ya que, como ella dijo, lo quería mucho como amigo.
DEASASTRE FINAL
Los esfuerzos dobles para estudiar, los factores psicológicos y su descuido personal que influyen en su personalidad fueron los que conspiraron para que su frágil humanidad no resista más. Al egresar tras concluir sus estudios, Juan Andrango comienza a manifestar sus primeras perturbaciones mentales. La obsesión porque dos o tres profesores le impidieron graduarse lo agobió y agudizó su inicial paranoia, la cual estalló al sentirse más solo cada día y más ciego.
Al mejor egresado lo habia reprobado un tribunal de grado.Ahora no hay semana que, convertido en mendigo se lo vea afuera del edificio de la Facultad de Ciencias de la Educación, buscando a sus “enemigos” y gritándose que le hagan justicia y reparen la medida por ser ciego. En algunas paredes de otros edificios de la ciudadela universitarias y calles aledañas se leen mensajes en contra de los profesores que le impidieron ser psicólogo.
¿ Quién no ha visto al mendigo con lentes? Deambula por las calles céntricas de Quito y duerme junto a otros 300 indigentes en los portales de las antiguas casas coloniales, quienes acurrucados se abrigan del frio de las noches quiteñas. Sus compañeros cuentan que muchas veces deparece por semanas por lo que lo extrañan para compartir su soledad y miseria.
* el autor fue Jefe de Redacción del Diario Expreso en Quito en la fecha en que se publicó está crónica.
DIARIO EXPRESO DE GUAYAQUIL